Misterio en la Perla del Mediterráneo

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Una fantástica historia de trepidante acción y aventuras en la Ceuta de la 2ª República en la que se mezclarán nazis, espionaje y antigüedades con poderes sobrenaturales.

Este relato fue el ganador del XX certamen de narrativa breve “Habla de mí” (2015)

Misterio en la Perla del Mediterráneo 

 

 

Virando costas ao mundo
Orgulhosamente sós
Glória antiga, volta a nós!

Alma mater!

Moonspell – Alma Mater

 

Verano de 1934

Ceuta

 

El barco de vapor entraba en la bahía de la considerada, perla del Mediterráneo. En cubierta, una pareja de hombres elegantemente vestidos, se encontraban apoyados en la barandilla observando la ciudad que se les presentaba delante. Absorbidos por la belleza de las siete colinas, no eran conscientes de lo que esa ciudad les iba a marcar para el resto de sus vidas.

 

Tras la maniobra de atraque, los pasajeros fueron desembarcando en el muelle, y entre ellos nuestros dos protagonistas. Uno era un hombre de mediana edad, de estatura media, con pelo corto cano y portaba unas gafas con lentes redondas. El otro, alto, fornido, rubio y rapado a la altura de las orejas. Su apariencia nórdica los delataba como extranjeros sin lugar a dudas.

 

Su llegada al puerto no había pasado desapercibida, como mínimo, la comunidad árabe, judía y el gobierno local ya tenían constancia de su llegada, y eso que apenas estuvieron cinco minutos en el puerto, ya que rápidamente cogieron un taxi que los llevó al centro de la ciudad a un elegante hotel de manufactura modernista, estilo que había tenido gran arraigo en la arquitectura ceutí a principios de siglo.

 

Inscritos como T.S Johannes y Wilhem Scott en el registro del hotel, procedieron a ocupar sus habitaciones. Empezaron a deshacer el equipaje. La mayor parte de sus pertenencias era ropa y artículos de aseo personal, pero destacaba un par de portafolios cuya portada aparecía un águila y algunas palabras en alemán. De la maleta también salieron un par de pistolas Luger.

 

Wilhem, que era el joven, fue al lavabo a ducharse mientras, Johannes abrió el portafolios y empezó a leer unos artículos sobre un artefacto histórico, más concretamente de época medieval. Cuando Wilhem salió de la ducha, Johannes seguía sentado estudiando los papeles del portafolio. En ese momento, alguien picó a la puerta y una voz al otro lado de la puerta llamo a Johannes. Éste indicó a Wilhem que ocultara los papeles y las armas de fuego. Johannes abrió la puerta y se encontró con un botones, quien tenía un mensaje para los dos forasteros. Al parecer el alcalde había venido directamente al hotel a recibirlos.

 

El encuentro, informal, entre los dos extranjeros y el alcalde se dio en el piano bar, ricamente decorado en estilo árabe.  Tras las debidas presentaciones, el alcalde intentó sonsacarles algo.

 

– Es un honor, doctor Johannes, para la ciudad y para mí mismo, tenerles en esta ciudad. Fui informado desde Madrid de su llegada y que pusiera a su disposición de todas las facilidades que fueran necesarias.

 

Johannes, con un castellano muy marcado le respondió:

 

-El honor es nuestro señor Gonyalons, procuraremos no interferir mucho en sus asuntos diarios, pero estaríamos interesados en realizar una visita a los archivos municipales y una visita a su consistorio si fuera posible.

 

El alcalde abrumado por el interés municipal se mostró encantado de hacer una visita guiada al ayuntamiento esa misma tarde, del que tendrían las puertas completamente abiertas.

 

-Aún así me gustaría saber ¿que es lo que les ha hecho venir, desde tan lejos a nuestra humilde ciudad?

 

– Nuestro gobierno, está muy interesado en el origen de la conquista cristiana del Norte de África- Mintió Johannes.

 

El encuentro no oficial entre los dos extranjeros y el alcalde no se alargó mucho más. Gonyalons debía volver al consistorio, esa misma mañana, habían detenido a varios políticos de izquierdas, por orden suya, y debía volver al consistorio, no sin antes, citarles a las cuatro de la tarde en el mismo ayuntamiento.

 

Los extranjeros, se quedaron en el piano bar, pidieron una copa de vino y brindaron por como se estaban desarrollando los acontecimientos. Mucho mejor de lo que se podían haber imaginado.

 

Comieron en el mismo restaurante del hotel, pudiendo saborear un buen filete de atún rojo regado con un vino tinto de la península. Subieron un momento a la habitación solo para coger sus pistolas luger, para posteriormente dirigirse a pie hasta el ayuntamiento. Por el camino se quedaron fascinados por la bella arquitectura modernista de la ciudad, sin duda el apelativo de perla del Mediterráneo era del todo acertado.

 

José Victori Gonyalons, alcalde de Ceuta, les recibió de forma efusiva y presentándoles a los concejales de su partido, la CEDA. Con cierta alegría les informó que el resto de concejales de otros partidos, básicamente de izquierdas, había sido detenidos esa misma mañana. Los dos extranjeros, participaron de la alegría del alcalde, más por deferencia que por un verdadero interés en la política local. Como miembros y delegados del partido nacionalsocialista alemán sus ideas políticas eran afines con las del alcalde y su partido, pero su objetivo en la ciudad iba más allá de la política.

 

El alcalde junto a un par de concejales hicieron de guías de los dos alemanes por todo el consistorio, narrándole numerosos episodios históricos de la ciudad, la gran mayoría de ellos de tipo bélico.  Desde la reciente guerra del Rif, a numerosos asedios por parte del sultán de Marruecos, o de los ingleses en 1704… La ciudad  tenía más que merecido el lema de Siempre Noble, Leal y fidelísima Ciudad de Ceuta.

 

En el despacho del alcalde se entretuvieron más tiempo. Un gran tapiz ilustraba la toma de Ceuta por el rey portugués Enrique el Navegante en 1415. Básicamente era una copia de unos azulejos situado en Oporto. Johannes se mostró interesado en este episodio concreto y el alcalde encantado, le explicó detalladamente los hechos acaecidos un 21 de agosto cinco siglos atrás y de como el rey Enrique junto a sus hijos ganaron la plaza para su reino y para la Cristiandad. A todo ello, el alcalde le mostró el Aleo. Una vara o palo, que había pasado de mano en mano a todos los capitanes de la plaza de Ceuta, desde Pedro Meneses. Primer conde de Vila-Real y primer Capitán de Ceuta.        Según cuentan, Meneses le prometió al rey Enrique que con ese Aleo no necesitaba de nadie más para defender la ciudad. Y desde entonces la ciudad de Ceuta nunca ha sido vencida ni derrotada. El propio alcalde le daba el poder de un artefacto mágico, milagroso. Como si de verdad el Aleo fuera un amuleto protector para la ciudad. Los alemanes se mostraron muy interesados por todo este episodio histórico e incluso dieron credibilidad al sagrado Aleo, en manos de Johannes en esos momentos, pues el alcalde se lo había dejado sostener.

 

En ese momento, un guardia civil, abre la puerta y requiere del alcalde. Al parecer una multitud de radicales izquierdistas se encuentran en el ayuntamiento manifestándose por las arbitrarias detenciones de los concejales presos. Gonyalons pide disculpas a los alemanes y les dice que paseen por el piso superior del ayuntamiento, que a la mayor brevedad volverá para atenderles adecuadamente.

 

Afuera, una multitud enervada, realiza proclamas contra el alcalde y la CEDA. Los gritos e insultos se prodigan. El ambiente está tenso. El alcalde hace un amago para calmar los ánimos ante la gente congregada, pero un botella de gaseosa rota en la fachada del ayuntamiento hace que Gonyalons se retire a dentro del edificio, mientras solicita que llamen por teléfono a la Guardia Civil para reprimir a los manifestantes.

 

Mientras tanto, en el piso superior, los dos alemanes no dan crédito de la suerte que tienen. Como miembros de la Ahnenerbe, y oficiales al mando del Reichsführer Heinrich Himmler, su misión en Ceuta consiste en verificar qué de poderoso era el famoso Aleo y obtenerlo, de forma oficial u oficiosa. Pero él mismo alcalde se lo ha dejado en sus manos y los ha dejado solos. Durante unos minutos dudan si devolverlo y con más calma intentar conseguirlo comprándolo o al menos que lo cedan para su estudio, pero el tiempo pasa y el alcalde no vuelve. Afuera, la manifestación parece que se convierte en un enfrentamiento violento entre manifestantes y las fuerzas de la ley. La ocasión es perfecta.

 

Los dos alemanes deciden encontrar una salida trasera sin que nadie les observe. Bajan al primer piso y al fondo ven a varios funcionarios y concejales ir de aquí y para allá nerviosos, no les prestan mucha atención. Afuera se oyen disparos. Tras recorrer un par de salas ven una ventana que da a una calle trasera. La abren y saltan a la vía pública. Nadie les ha visto. Van en dirección contraria a la manifestación, recorren media calle cuando un destacamento de la guardia civil, armas en ristre, se aproximan a ellos. Dan marcha atrás y se internan en una estrecha calle que sube hacia una de las siete colinas de la ciudad.

 

Atrás dejan los ruidos ocasionados por la pólvora. Cada vez ven menos gente por las calles, zigzaguean evitando manifestantes y policías. Hablan con el camarero para que les indique como llegar al hotel. Al cabo de un par de horas, abandonan el bar y deciden hacer una incursión para conseguir llegar al hotel. Parece que la violencia ha cesado en las calles. No lo saben, pero esa va a ser una noche larga.

 

De camino al hotel, los dos alemanes notan que al menos dos personas los siguen. No tienen buena pinta. Su apariencia forastera los hace perfectos para ser victimas de un atraco. Scott se pone alerta y se lleva la mano hacia dentro de la americana. Tiene el tiempo justo para desenfundar su Luger, darse la vuelta y apretar el gatilllo por dos veces. A poco más de un palmo el hombre cae como un bulto pesado sobre el suelo adoquinado creando un riachuelo de sangre carmesí. El otro perseguidor corre en dirección contraria, cual alma lleva el diablo.

 

Con un fiambre a sus pies, Johannes y Scott deciden caminar de forma presta. Al poco consiguen llegar al hotel. Recogen su equipaje y pagan la cuenta. El recepcionista les aconseja que se queden, pero no los convence. Si ya no lo han hecho, en breve alguien se percatará de la ausencia del Aleo y obviamente pensarán en ellos. Así que ponen rumbo al puerto y subir al primer vapor que puedan, pagando lo que sea.

 

No les fue difícil llegar al puerto, solamente tuvieron que evitar un par de probables embarazosos encuentros con la Guardia Civil. Una vez en los muelles, pocos son los barcos con la pasarela echada y con tripulación con la que hablar. Por fortuna, un carguero alemán se encuentra ahí amarrado y hablan con uno de los marineros por si fuera posible embarcarse.

 

Mientras los compatriotas hablan sobre ello, los disturbios se trasladan al puerto y en pocos minutos, se forma una batalla campal entre manifestantes de izquierdas y las fuerzas del orden público. No hay tregua entre ambos bandos, la brutalidad y el salvajismo actúan por igual. Las armas de fuego empiezan a centellear y relampaguear.

 

El marinero hace subir al barco a los dos alemanes de la Ahnenerbe, pero a medio camino, Scott recibe un impacto en la espalda, cayendo al mar, y con él el Aleo. Johannes quien no sabe nadar tira al agua al marinero y le increpa a que coja el palo, pero no es posible, el pobre marinero tampoco sabía nadar y se ahoga en las aguas de la bahía.

 

Iracundo e impotente, Johannes se agarra un cabo y haciendo firme un chicote al barco se agarra al otro y salta al mar. El agua está fría, pero no importa, consigue aferrar el Aleo y empieza a trepar por el cabo, pero para su desgracia, su miserable acto de cobardía no había pasado desapercibido por otros tripulantes del barco, quienes deciden cortar el cabo. Johannes cae al mar y patalea como un niño. Al poco empieza a entrarle agua por la boca y sus vías aéreas quedan ahogadas. Se sumerge rápidamente en la bahía.

 

 

A la mañana siguiente, en el periódico local El Faro, La mayor parte de las noticias se centran en los disturbios de la noche anterior y en el encarcelamiento de los concejales. Así que casi nadie se percató de la breve noticia sobre dos alemanes que fueron hallados muertos en la bahía del puerto. Nadie mencionó la breve desaparición del Aleo ni quien lo devolvió al consistorio. Tampoco nadie pudo relacionar la coincidencia que cuando el palo volvió al ayuntamiento regresó la paz a la perla del Mediterráneo.

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