La Idomeneida

idomeneida

 

Tras mancillar a los grandes de la literatura; Lovecraft, Cervantes o Tolkien. Hoy le toca el turno al inmortal Homero y trastocar el ciclo de la guerra de Troya. Con un relato que narra las aventuras del regreso a casa de Idomeneo, rey de Creta y nieto del gran Minos. Aventuras y fantasía con el particular fatalismo de  los dramas griegos.

La Idomeneida

1. La caída de Ilión.

Hacia ya nueve años que duraba la guerra. Los príncipes aqueos por fin se habían rendido. Habían desistido de golpear los fuertes muros de Troya, la puerta de los Dardanelos. Fuerte y orgullosa, había resistido todos aquellos largos años una guerra cruenta y sangrienta en la que no pocos héroes habían caído en uno y otro bando. Pero la victoria era para los troyanos, pues las naves aqueas no se veían desde las murallas de Troya. Las playas estaban desiertas. El enemigo por fin se había dado por vencido y regresaba a la Hélade.

Como muestra de respeto y de deferencia ante la superioridad troyana, los aqueos habían dejado un presente al rey Príamo. Un Hippoi , uno de los más grandes y magníficos barcos de la flota aquea. El trofeo, casi a las puertas de la ciudad amurallada, fue entrado a la ciudad entre vítores de alegría y celebraciones de triunfo.

Príamo, Paris, Helena, Laoconte, Eneas, Anquises y el resto de héroes troyanos y de soldados y ciudadanos troyanos celebraron el final de la guerra ofreciendo libaciones a los dioses, en especial a Poseidón, gran defensor de la ciudad. Aquella jornada muchos corderos fueron sacrificados a los dioses y el vino regó las gargantas de muchos jóvenes, ancianos, hombres y mujeres. Las celebraciones recorrieron toda la ciudad y se alargaron durante horas hasta bien entrada la noche, en la que continuaron.

Pero, nadie salvo la princesa Casandra a quien nadie creyó, sabía que una trampa mortal se escondía bajo los tablones de madera del navío ofrecido por los aqueos. Ocultos bajo una falsa sentina, se hallaban los más importantes y valerosos héroes aqueos, El astuto Odiseo, Agamenón pastor de reyes, Menelao el de rubios cabellos, Idomeneo famoso por su lanza, el ligero Ayax de Oileo, Neoptólemo, hijo de Aquiles, Idamante, Acamante, Demofonte y muchos más. Vestidos con sus corazas y cascos broncíneos y provistos de lanzas, espadas y escudos, aguardaban la noche para la traición.

Tras casi una década, los hijos de la Hélade estaban agotados y cansados. Poca gloria, honor y botín habían conseguido, por el contrario, muchas penurias y amigos caídos en la batalla era lo que tenían en su haber los príncipes aqueos. Por cada dios que apoyaba a los aqueos, tantos o más apoyaban a los troyanos. Diez años apartados de sus hogares y familias, toda una generación perdida en el campo de batalla. Agamenón, caudillo de los aqueos, cuestionado por los suyos por su avaricia y su autoritarismo, Menelao, a quien ya daba por perdida a Helena, la guerra tenía poco sentido para él más que simplemente matar a su mujer y a su amante. Aquiles, yacía en el Hades desde hacía años por la broncínea flecha de Paris. El desanimo cundía entre los griegos y la moral estaba por los suelos, así fue que el ánimo y el impulso fue retomado por el astuto Odiseo, rey de Ítaca, al que se le ocurrió una última jugada. A cara o cruz. No habría vuelta atrás. O vencían los troyanos o la victoria sería dada a los aqueos. La guerra acabaría aquella noche, para bien o para mal.

Odiseo, aconsejado por su protectora, la diosa Palas Atenea, dadora de la victoria en la batalla, le habló en sueños y le contó el plan que les abriría las puertas de Ilión. Amagar que los príncipes aqueos abandonaban el asedio de Ilión y dejarles un barco como presente, escondidos ellos en su interior para atacar cuando el rey Príamo y los suyos celebrasen la victoria.

– Sabed que en el día de hoy, venceremos o moriremos. Nueve años hace que estamos entre estas playas y las murallas de Troya, sin que hayamos podido acabar con nuestro enemigo. Muchos de los nuestros acompañan en su reino al dios Hades. Pero con este ardid tomaremos por sorpresa a los troyanos y acabaremos con ellos y con esta larga e infructuosa guerra. Palas Atenea, dadora de la victoria de la batalla, está con nosotros, nada habéis de temer e insuflar valor en vuestros corazones porque la victoria es nuestra- Así es como el astuto Odiseo exhortó a los aqueos.

Los príncipes aqueos apretujados en su escondite, pasaron las horas en silencio, mientras los troyanos celebraban por todo lo alto la derrota de los aqueos. Hubo tiempo para pensar en todos aquellos largos años fuera de sus casas. Idomeneo, rey de los cretenses se acordaba del funeral de su tío Catreo, motivo por el cual Menelao estaba lejos de Esparta y Paris pudo raptar a Helena. No supo en aquel momento que funesto y aciago fue aquel día para toda la Hélade. Neoptólemo pensaba en igualar a su padre, el mayor de los héroes aqueos, Aquiles. Menelao reflexionaba si aquella guerra había tenido algún tipo de sentido, tantas muertes por una sola mujer, aunque fuera la más bella del mundo. Agamenón codiciaba las riquezas de la poderosa Ilión y el paso libre de los Dardanelos a las negras naves aqueas. Solo Odiseo parecía estar centrado en aquella, la última jornada de la guerra de Troya.

Las celebraciones se alargaron hasta casi el amanecer. Los aqueos esperaron estoicos y silenciosos hasta que los troyanos cayeron por los efectos del dios Baco o Morfeo. En aquella hora aciaga para los troyanos, los aqueos salieron en silencio del barco, provistos de sus corazas, cascos, escudos y lanzas de bronce. Aquella madrugada los dioses no miraron a Troya.

Los pocos guardias que se hallaban en pie fueron ejecutados silenciosamente por el bronce aqueo. La muerte fue recorriendo la ciudad de las poderosas murallas y los cuerpos de los troyanos caían al suelo. Odiseo fue guiando a los príncipes hacia el palacio del gran rey Príamo. A medida que recorrían la ciudad prendieron los edificios por los que pasaban. Para cuando la alarma había sido dada, los griegos habían causado una gran mortandad. La sangre troyana fluía como ríos por las calles y plazas.

Los soldados y héroes troyanos fueron cogidos por sorpresa, los aqueos estaban por todas partes, clavando sus lanzas en los pechos, cuellos y cabezas de los troyanos. Odiseo clavó su lanza de bronce bajo el pecho de Astianacte, hijo de Héctor. Neoptólemo, quien había sido avisado por el fantasma de su padre, le rebanó el cuello a la princesa Políxena. El ligero Ayax de Oileo ultrajó a la princesa Casandra junto a la estatua de Palas Atenea. Idomeneo, famoso por su lanza, se enfrentó bronce contra bronce contra Paris.

– Mátame o muere bajo el bronce- fueron las últimas palabras que escuchó Paris antes de acompañar a Hades en el inframundo.

Agamenón no tuvo clemencia con su homólogo y Príamo, cayó por el bronce y el trono fue manchado con sangre de reyes. Menelao, recorrió las estancias palaciegas en busca de la bella Helena. Al final en lo alto del palacio la halló, junto a una ventana. Nueve años después volvía a estar a solas con su mujer. Ella se abalanzó sobre él con un puñal, pero el rey de Esparta se apartó rápidamente y asió a su mujer por la muñeca, la puso de rodillas, le agarró por los bellos tirabuzones rubios y vio como aquellos bellos ojos verdes perdían su vitalidad cuando le atravesó el cuello con su espada. La venganza tanto tiempo anhelada había sido satisfecha.

Pocos fueron los troyanos que escaparon de las lanzas aqueas y que no cayeron por el bronce, entre ellos Antenor, Eneas, Ascanio y Anquises. El resto pereció en aquella aciaga y funesta jornada. Para cuando el carro de Helios apareció por el Este, la ciudad había caído por completo. El triunfo de los aqueos había sido total. La ciudad en llamas, su rey y herederos muertos y un botín lleno de oro y joyas para llenar todas las bodegas de las negras naves aqueas que arribaron a esas costas nueve años atrás.

2. El castigo de los dioses.

Al día siguiente, la sed de oro y sangre fue colmada cien veces para los aqueos. Tras diez largos años de penurias y desolación, la venganza fue terrible. No quedó mujer sin violar, hombre al que apuñalar ni oro que robar. Ilión fue arrasada hasta los cimientos.

Y los dioses, desde el monte Olimpo, lo vieron, y lloraron, de pesar y tristeza por la gran tragedia y blasfemia acometida por los príncipes aqueos. Más, también se avergonzaban por que ellos lo habían permitido con su pasividad y eran cómplices de aquella matanza.

Poseidón, el mayor de los defensores de Troya, obligado por su hermano a no interceder a favor de los troyanos, emergió de las profundidades para elevarse a lo más alto del Olimpo para quejarse ante Zeus, dios supremo.

– La victoria le ha sido concedida a los aqueos. Más la deshonra, los agravios y la avaricia que demuestran no es digan de héroes y vencedores. La infamia y la vergüenza es la marca que los caracteriza y ellos son el eco de vosotros, los olímpicos ¿Quien sino les ha concedido que entraran en la ciudad de los Dardanelos? – Estas fueron las palabras del rey de las profundidades.

Todos los dioses agacharon la cabeza y miraron hacia otro lado, incluido Zeus padre supremo de todos los dioses y Palas Atenea, la de los ojos de lechuza, gran defensora de los aqueos.

Tanta era la ignominia y el mal causado por los aqueos, como vergüenza sentían los dioses, que las palabras proferidas por Poseidón, hermano de Zeus, calaron en lo más hondo de los corazones de los olímpicos. Y aunque el daño causado no tenía solución, los dioses decidieron resarcirse. Los príncipes aqueos serían castigados y es por ello que los vencedores apenas pudieron disfrutar del oro y la gloria que tanto les había costado conseguir.

La hora del castigo de los dioses había llegado.

3. Regreso a Creta.

Los príncipes aqueos, tomaron a todos los troyanos que pudieron como esclavos. Llenaron las bodegas de sus barcos con los tesoros de la ciudad y se realizó un gran festín por la victoria obtenida. Agamenón, Menelao, Odiseo, Ayax, Idomeneo y el resto de príncipes cenaron por última vez todos juntos, en las mismas playas en las que vararon una vez, hace ya nueve años.

Aquella fue la jornada gloriosa que los hijos de la Hélade esperaban desde hacia largo tiempo. Poco sabían que su gloria iba a ser efímera.

Al día siguiente, ansiosos por volver a sus casas, las negras naves aqueas partieron a la Hélade, esta vez si, de forma definitiva, para no volver a ver los muros derruidos de la antaño poderosa Ilión.

Idomeneo se despidió del resto de reyes y tras realizar una libación a Poseidón sacrificando los tres corderos más grandes que poseía, puso rumbo hacia casa, hacia Creta.

No pasó ni un día que una gran tormenta provocado por el dios de los mares, Poseidón, causó estragos en la mayor parte de la flota aquea, no así en las naves de Idomeneo quien había realizado un sacrificio pidiéndole su favor en el regreso a casa y el dios se apiadó de él. Las naves del resto de príncipes se dispersaron y la vuelta a la Hélade se convirtió en un infierno en vida para la mayoría de ellos. Aunque aquella primera tormenta no afectó a las negras naves del rey cretense, Idomeneo no se libraría del castigo de los dioses.

Los días pasaron con el viento a favor y días soleados, ya solo faltaban unas pocas jornadas para llegar a Creta, la de las cien ciudades. Las negras naves surcaron las olas del mar azul hasta que casi podían oler los pinos del hogar.

Una mañana, los hippoi de Idomeneo se cruzaron con una pequeña barca de pesca que era tripulada por un anciano pescador.

– ¡Saludos oh nobles aqueos! ¿Sois los siervos de Menelao, el de los rubios cabellos?

– ¡Saludos anciano! No, Yo soy Idomeneo, rey de Creta. No soy siervo de nadie. Más ¿Que sabes tu de mi sobrino Menelao? Que por algo es mencionado por tus labios. – Preguntó Idomeneo, famoso por su lanza.

– Disculpad ¡Oh noble rey de Creta, nieto del mismo Gran Minos! La confusión se debe a que no hace ni un día, que las negras naves del gran rey de Esparta, se toparon con mi barca tal y como vuestras naves se encuentran ahora conmigo. Las naves se encontraban muy maltrechas por culpa de los céfiros y las tempestades, se han refugiado en la isla de Chios, que es aquella que veis enfrente. – Así le explicó el pescador al rey Cretense.

– ¡Menelao! Debemos ir en su auxilio, grande fue la tempestad que tuvieron que capear. Anciano, ¿indícame donde fue exactamente?-

El anciano pescador le indicó con el brazo una roca que se alzaba en mitad del mar a no más de diez millas.

Las negras naves de Idomeneo enfilaron hacia la isla indicada y los aqueos remaron con intensidad en pos de fondear en la isla de Chios. No sabía el rey de Creta que el ardid había funcionado y que había caído de pleno en la trampa, ya que el anciano pescador no era otra que la diosa Palas Atenea, dadora de la victoria en la batalla. Rabiosa por el apoyo que el rey de Creta recibía de Poseidón a pesar de ser un príncipe aqueo pero castigaba sin piedad a Odiseo, causante de la ruina de Ilión y favorito de la diosa. Así pensó la diosa en castigar a Idomeneo, famoso por su lanza, tal y como lo era Odiseo. Así de caprichosos eran los dioses.

4. La isla de Chios

Las negras naves de Idomeneo llegaron a la isla y fondearon en la única playa existente en toda la ínsula, el resto de su costa eran peñascos y riscos. En aquella pequeña bahía había fondeados dos barcos del altivo Menelao, pero no encontraron a nadie en sus cubiertas. Ningún aqueo fue visto en los barcos o en las proximidades. Así pues, dispuso Idomeneo que él mismo, su hijo Idamante, Acamante, Demofonte, Meriones, Enialio y doce de los más valerosos aqueos subieran a un bote para varar en la playa.

Tras remar por las transparentes aguas del mar Egeo, la quilla tocó la fina y blanca arena de la playa. Los pinos invadían el resto de la isla, que era totalmente virgen. Vestidos con sus corazas de bronce y armados con sus lanzas y espadas se internaron dentro de la isla y empezaron a subir la cuesta que llevaba al corazón de la ínsula.

Era tan frondoso el pinar, que apenas entraba la luz del sol y el suelo era de marrón claro de la cantidad de pinaza que alfombraba el suelo. El único sonido que se oía era el tintineo de las armaduras de bronce de los aqueos. Algo extraño había en el ambiente, no se oían pájaros ni vieron animal alguno, ni conejos, jabalís o cabras. A estas alturas, el rey de Creta sabía que algo iba mal y los bronces estaban prestos para el combate.

Al cabo de una hora de constante subida, llegaron a lo alto de la isla, un llano rocoso desde el que se divisaba todo el horizonte. Aquí los aqueos encontraron la única construcción que había en toda la isla. Un templo alargado de mármol de altas columnas con techo a dos aguas. Extrañamente, una vez estuvieron dentro había una gran estatua de mármol del dios Hades. En aquel momento, Idomeneo, famoso por su lanza, supo a que fatídico lugar habían llegado. Aquella no era la isla de Chios, era la Isla del Infortunio. Idomeneo, rey de Creta, mandó volver corriendo a las negras naves. Una vez fuera del templo, los esqueletos armados con espadas curvas emergían de la tierra y un ejército de muertos se interponía entre los aqueos.

Los esqueletos se movían hacía los aqueos moviendo sus espadas, buscando golpearles. Idomeneo, clavó su lanza en el cráneo de uno de ellos y se derrumbó en el suelo. El resto de los príncipes le imitaron y el bronce se clavó en el hueso. Pero cualquier golpe que no fuera en la cabeza, solo rompía el hueso y el esqueleto remitía un nuevo ataque. Meríones e Idamante, espalda con espalda estaban rodeados de muertos huesudos. Demofonte fue al rescate de Enialio quien se había quedado retrasado en la puerta del templo de donde había surgido una legión de esqueletos armados. Ahí, Enialio junto a tres aqueos más resistían los ataques de las espadas oxidadas. Demofonte, en busca de la gloria, rompió el cerco clavando su lanza en el cráneo de uno de los esqueletos, con la otra mano, golpeó con el escudo tumbando a otro. Sin apenas pasar tiempo, desenfundó su espada y derrumbó a otro más. Con su valerosa acción, abrió un pasillo para que Enilaio y los suyos pudieran escapar del cerco.

– Huid y proteged a vuestro rey, yo os protegeré la retaguardia. – Les gritó el valeroso Demofonte.

No todos pudieron escapar, uno de los soldados aqueos cayó por el óxido de las espadas de los hijos de Hades. El resto consiguió agruparse junto a Idamante, Meríones e Idomeneo. Demofonte por su parte retrocedía paso a paso, blandiendo su lanza a ambos costados rompiendo y fragmentando. Bronce contra hueso. Pero por cada esqueleto que caía, dos más rodeaban al noble aqueo. Envuelto de los hijos de Hades, una de las espadas se clavó en el pecho de Demofonte, el aqueo sangraba profundamente y antes de caer de rodillas pudo aplastar el cráneo de uno de los esqueletos. Otra de las espadas oxidadas golpeó el hombro derecho del aqueo, este cayó al suelo y partió hacia los salones del Hades.

Idomeneo, rey de Creta, y el resto de los aqueos supervivientes descendieron hasta la playa corriendo, huyendo de los esqueletos. Una vez en la playa, los muertos emergían de las aguas y treparon a los hippoi y entonces empezó la matanza. Los aqueos que se habían quedado en el barco eran atacados por legiones de esqueletos que habían abordado sus barcos saliendo desde las profundidades. El bronce luchó contra el óxido, pero, lo que está muerto no puede morir. Mientras, Idomeneo y los suyos llegaron al bote y remaron, pero viendo como los suyos estaban perdidos, subieron a uno de los barcos abandonados de Menelao, lo abordaron e izaron las velas. Con lágrimas en los ojos, huyeron, mientras el resto de sus hombres perecieron por los hijos del Hades en la isla del Infortunio.

5. La promesa de Poseidón

Mientras tanto, La noticia de que los aqueos habían vencido en Ilión se extendió por toda la Hélade, hasta que llegó al palacio de Knossos, hogar del rey Idomeneo. La reina, su hijo pequeño, la corte y todos los cretenses sacrificaron numerosos corderos a los dioses y se bebieron cientos de ánforas de vino para celebrar el final de aquella larga guerra.

Pero los meses pasaban y no había rastro de las negras naves que habían de volver a casa. El que más añoraba y anhelaba el regreso de los aqueos, era Eudimion, hijo menor de Idomeneo. Una mañana, Eudimion que paseaba por las blancas playas cerca de Knossos, un pescador le preguntó qué hacía por ahí solo.

– Espero el regreso de mi padre, el gran rey Idomeneo, que vuelve de vencer a los troyanos- le respondió Eudimion.

– ¡Oh noble príncipe! Disculpadme, no sabía que fuerais el joven Eudimion. Pues desde aquella playa es desde donde mejor se ven los barcos que vienen de Levante. Si queréis ser el primer en ver arribar a Idomeneo, rey de los cretenses, Otead el horizonte desde esa playa.

Menos de diez valerosos aqueos era todo lo que quedaba de las ochenta negras naves con las que zarpó Idomeneo diez años atrás desde Creta, la de las cien ciudades. Sin apenas comida y bebida y con nulo viento, estaban en mitad del mar abandonados a la voluntad de los dioses. Si Eolo no soplaba en breve, no tardarían en agrandar los salones del Hades.

Idamante, propuso a su padre que volvieran a hacer una ofrenda a Poseidón, que le suplicara su auxilio y ayuda, pero Idomeneo sabía que no había animal alguno que sacrificar. Hasta que no pudieran llegar a una isla y cazar un cordero o cabra no podrían realizar el sacrificio correspondiente. Para entonces, ya sería demasiado tarde. Idamante tuvo una idea, él se sacrificaría para que el resto pudiera volver a ver las costas de Creta. Su padre, Idomeneo se negó, pues él era el heredero del trono y era joven, mientras que él, ya era mayor y ya había cumplido con su deber como rey. Así pues, Idomeneo, famoso por su lanza, se dispuso a sacrificarse para que sus hombres se salvaran. Pero, Meríones, que había acompañado a Idomeneo desde que eran niños no pudo ocultar las lágrimas e impidió que su amado rey se sacrificara por ellos y él mismo se ofreció voluntario.

– Haz que nuestras gestas no sean olvidadas, que nuestros actos sean inmortales y dile a Persea y a mis hijos que les amo- Estas fueron las últimas palabras del magnánimo Meríones.

– Los rapsodas cantarán tus hazañas a lo largo de las centurias hasta que el Olimpo sea derruido- Estas fueron las últimas palabras que oyó en vida Meríones antes de acompañar a Hades.

El bronce entró por el cuello de Meríones y la sangre brotó a borbotones. Tan grande había sido el sacrificio que el mismo dios de las profundidades emergió del fondo inmediatamente tomando forma corpórea con el agua del mar. Idomeneo le rogó que hiciera que su hippoi cabalgara directo hasta Creta. Poseidón, a quien tenía en alta estima al caudillo de los cretenses y más después de un sacrificio humano, le prometió que llegaría a su amada isla pero para ello debería hacer algo, sinó el castigo divino sería terrible. Idomeneo, le aseguró que haría lo que hiciese falta.

Tal y como el dios de las profundidades se desvaneciera, los céfiros soplaron y el mar empujó la nave de Idomeneo tan velozmente que parecía el carro de Eolos. Apenas pasaron dos jornadas cuando volvieron a ver a las verdes tierras llenas de pinos y vides de la bella Creta, la de las cien ciudades.

La que fuera una de las antiguas naves de Menelao, arribó a las playas de fina arena. Más de diez años después, el rey Idomeneo, famoso por su lanza, regresó a casa. Solo un pequeño joven, probablemente el hijo de un pescador o de un pastor era testigo del retorno del rey.

– Acuérdate de las palabras del dios Poseidón, ¡Oh noble rey!- le recordaron sus hombres.

Idomeneo, rey de los cretenses, era hombre de palabra y no quería ofender a los dioses y aunque en absoluto quería hacerlo, blandió su fiel lanza y la clavó bajo la tetilla del joven chico. Aquel fue el juramento al que le obligó Poseidón hacer a Idomeneo, que matara a la primera persona con la que se topara al pisar la bendita tierra de Creta. Atenea, la de los ojos de lechuza, siempre vengativa, sabedora del juramento, se encargó que el hijo pequeño de Idomeneo, Eudimion fuera esa persona.

Sin ser consciente del asesinato de su hijo, Idomeneo y el resto de aqueos llegaron por fin al palacio real en Knossos, donde grande fue la celebración por el regreso del rey victorioso. Más cuando trajeron a palacio el cuerpo sin vida de Eudimion, Idomeneo, famoso por su lanza, enloqueció de dolor y se internó en el antaño laberinto del Minotauro, en el que estuvo vagando solo, loco y desquiciado durante años. Nadie volvió a verlo.

Aún hoy en día, hay quien afirma oír los quejidos y aullidos del alma errante del rey Idomeneo en las ruinas del palacio de Knossos

 

 

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