El Reencuentro

Aquí os dejo otro microrrelato, este ambientado en una mansión inglesa del s. XIX.

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El reencuentro

Lord Barrymore y su hijo se reencontraban nuevamente, tras más de doce años sin verse. Reposando en el salón junto a la calidez del fuego y de un buen brandy de jerez en el salón de la mansión familiar.

El hijo del lord, parecía haber asentado la cabeza, de ser la oveja negra de la familia y de ser l’enfant terrible de la recatada Londres victoriana, ahora volvía hecho todo un hombre, en un empresario de éxito, cuyas botellas de brandy se exportaban por el mundo entero. Había llegado la hora de la redención. La hora de otorgar el perdón a su vástago heredero.

La abombada copa cayó en la alfombra persa derramando las últimas gotas del valorado licor jerezano. Los estertores y espumarajos del viejo Barrymore fueron sus últimas acciones en este mundo mientras una burlona sonrisa se formaba en el rostro del nuevo Lord Barrymore.

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Vuelven los mitos de Cthulhu

 

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Tras haber profanado la obra de J.R.R.Tolkien con “La matanza de los hermanos” hoy continúo con el sacrilegio de otro de mis autores favoritos, en realidad mi escritor favorito. H.P.Lovecraft.  Sin duda, me encanta escribir partidas de rol y relatos ambientados dentro de los mitos de Cthulhu. Este, uno de mis primeros relatos cortos, amplía la historia del solitario violinista, en otra época  y lugar del final de su vida narrado por Lovecraft. Una aventura que empieza en el París de la Belle Epoque y nos llevará a la Rusia Zarista prerevolucionaria, acompañado de las agudas notas de un violín. Con ustedes:

El discípulo de Erich Zann

Aquella fría noche en la bella e imperial ciudad de San Petersburgo, en una pequeña taberna, fue la última vez que pude ver con vida a Voytenko. Nunca más supe de él ni escuché sus únicas e irrepetibles notas.

Mi primer encuentro con el genial violinista ruso se produjo en un alegre café de la ciudad de la luz, en París, poco antes de la Gran Guerra. Por aquel entonces, la capital francesa era el faro, la punta de lanza, la vanguardia del Arte en mayúsculas. Todo artista que se preciara veía en los campos Elíseos el epicentro mundial de la creación artística, cual Meca para un musulmán.

Habiendo conseguido una beca en mi ciudad natal, país vecino de la República y había marchado con el mayor de los entusiasmos a la capital cultural mundial, decidido a convertirme en uno de los grandes escritores del siglo que estrenábamos. Anhelaba ser el nuevo Proust, Zola o Baudelaire, tal era mi devoción por las letras francesas que en dicho idioma escribía, despreciando la lengua del ingenioso hidalgo, en un alarde de desprecio juvenil, del que hoy siento profundo arrepentimiento.

Pero la vida en París era maravillosa para un ilusionado escritor como yo, pues en cualquier jardín, plaza, museo o café se reunían todo tipo de artistas de disciplinas diferentes; desde escultores y pintores a poetas, filósofos o músicos de las más diferentes nacionalidades.

La Belle epoque, la boheme, son palabras que no pueden llegar a describir aquellos años locos y de profundo movimiento. Quizá solo unos pocos nombres queden para la posterioridad, aunque fuimos muchos. Seguramente ni yo ni Voytenko dejemos legado alguno, a pesar de que el segundo fue el más extraordinario de todos los que yo conocí.

Por aquella época yo vivía en una pequeña pensión en la calle Auseil y muy cerca de ahí pasaba muchas tardes en la terraza de un pequeño café, observando a la gente y a lo que acontecía para que las musas me inspiraran o en otras ocasiones, charlando con mis colegas. En una de esas tardes, un joven cargado con un violín en su funda salió de una pensión que había junto al café y se sentó en la mesa de al lado. No cabe decir, que al poco ya habíamos confraternizado y sabía que su nombre era Alexis Voytenko, un joven violinista ruso, que como yo, había sido becado para aprender en el conservatorio parisino. Pero por lo que supe, no le había convencido la ortodoxia musical, pues había abandonado sus estudios formales para ser discípulo de un viejo violinista alemán llamado Erich Zann, que vivía en la pensión que acababa de abandonar.

El entusiasmo y la ilusión que Voytenko hablaba sobre el señor Zann era tal que me sentía abrumado. La capacidad creativa, el virtuosismo técnico, la terrible belleza sinfónica de la que era capaz el viejo alemán había causado una gran impresión en el joven ruso, que hasta yo mismo deseaba, anhelaba poder escuchar esas agudas notas salidas de ese violín.

Para mi desgracia, y a pesar que mis encuentros con Voytenko fueron numerosos y se forjó una gran amistad entre ambos, nunca accedió a llevarme a casa de su mentor, quien nunca llegué a conocer o ver en persona. Ahora se que fue la decisión correcta.

Como dije, Voytenko y yo fuimos grandes amigos, recorrimos numerosas tabernas, museos y muchas las noches que el vino nos acompañó, hasta que su dedicación, por no decir obsesión por la música hicieron que cada vez le viera menos hasta que un buen día, muy apesadumbrado y con porte serio y tenebroso vino a verme para comunicarme que volvía a Rusia. Tras preguntarle por su maestro, me dijo que ya no estaba con nosotros, que ya había aprendido cuanto podía. Ese era el punto y final a nuestro tiempo juntos en París. Creí que nunca volvería a verle. Ojala hubiera sido así.

No supe nada de mi antiguo amigo hasta casi dos años después, en el último invierno antes de iniciarse la Gran Guerra. Voytenko me escribió pidiéndome que fuera a visitarle a San Petersburgo, ciudad de la que era originario y donde había vuelto a residir. Según relataba en su misiva, había profundizado en sus estudios musicales hasta tal punto que afirmaba haber avanzado a su difunto maestro alemán, él mismo se consideraba infinitamente mejor que Paganini. Teorizaba que era posible acceder a estados mentales y llegar a universos jamás inimaginables, con la correcta combinación de notas, como si fueran la herramienta para tejer un portal dimensional. Sin duda Voytenko hablaba metafóricamente, o al menos así me engañé a mi mismo.

Mi viaje en ferrocarril por las tierras francesas, belgas, alemanas, polacas y rusas, fueron motivo de inspiración para más de un relato de los que fui redactando en mi cuaderno de viaje en aquel frío y nevado invierno prebélico, ya nada sería igual.

En la imperial ciudad de los zares, colmada de nieve, trineos y puentes me reencontré con Alexis, quien pese a ser de clase acomodada vivía en el ático de una pobre pensión, como mi maestro decía el, Pocas o ninguna eran las comodidades de las que disfrutaba, y eso que yo estaba más acostumbrado a la penuria que al lujo. Para mi amigo violinista eran superfluos para el buen desarrollo de lo que iba a ser la mayor y más grande obra que el mundo entero hubiera conocido. Alexis seguía convencido que su capacidad creativa y compositiva era del todo única y por así decirlo, tenía un poder más allá de lo sobrenatural. Yo sin duda creía que todo era una forma de hablar exageradamente, pero es cierto que deseaba escuchar las cuerdas de su violín a lo que Voytenko, me animó a que fuera a la taberna de “El cazador” esa misma noche, donde ofrecería un concierto único e irrepetible.

Ante tan enigmática y curiosa invitación, no pudo sino acrecentar mi curiosidad por escuchar de una vez a mi amigo en acción, y tras el pronto ocaso solar, marché a la pequeña pero muy concurrida taberna, donde la cerveza y el vodka corrían a raudales, probablemente para combatir el tan temido invierno ruso, que solo él es capaz de derrotar imperios enteros.

Ante un público entregado y borracho, ávido de música para ser entretenido, Voytenko afinó las cuerdas de su violín y se dispuso a frotar las cuerdas hechas de tripa con su arco, iniciando el maldito concierto. Desde un principio, las notas se sucedían una tras otra en una extraña melodía que despertaron la curiosidad de todos los asistentes, yo incluido, logrando cada vez más una intensidad mayor en la que el estado general era la de estar absortos e inmersos en una cápsula aislada.

Al poco, ya no recordaba estar en una pequeña taberna rusa sino me veía teletransportado a otro mundo, a través de las estrellas, a otros confines de las galaxias. Las melodías iban y venían, se entrecruzaban, cada vez más rápida y frenéticamente, en un imparable in crescendo que parecía no acabar nunca y que era insuperable, para a continuación ser superado por otra melodía que nos hacía galopar a través de los espacios siderales.

Como víctimas de un embrujo, o de un terrible aquelarre, éramos como las ratas o los niños del terrible flautista de Hamelin, esta vez transformado en violinista ruso. Nuestra voluntad había sido del todo anulada y nuestra percepción alterada en tal grado, que podría asegurar que estaba flotando bajo el polvo estelar más allá de Orión.

Creo recordar que en este punto no solo sonaba un violín demoníaco sino terribles flautas que acompañaban al primero en una horrible e inhumana sinfonía más propia del Hades cuando el Horror se nos apareció. Las masas gigantescas e informes, repletas de miles de ojos, bocas y tentáculos ciclópeos se nos abalanzaron desde todas partes, aplastando, mordiendo y succionando a todos los que allí estábamos presentes.

En ese instante pude ver a Voytenko, exhausto, con las manos ensangrentadas sin poder parar de tocar, con rostro congestionado, al borde de la locura, de impotencia física, con los ojos casi fuera de las órbitas, su melena enmarañada y su rostro bañado en sangre. Convertido en el esclavo de aquellas terribles criaturas extraterrenas. Víctima inconsciente de su genial arte, convertido en portal al mayor pozo de lo horrible.

La música crecía tornándose en una abyecta y mortal melodía infernal, mientras los parroquianos eran brutalmente destrozados, llegando a un clímax en la que solo veía carne y sangre a mí alrededor y a las nefastas criaturas causantes de aquella abominación.

Poco a poco la música fue decreciendo y estas criaturas se alejaban difuminándose con la oscuridad y es aquí, donde vi por última vez a Alexis Voytenko, el loco y genial violinista ruso, preso de estos dioses oscuros quienes lo llevaron consigo a las infinidades tenebrosas del universo, allá donde quieran que vivan, convertido en su esclavo para tocar eternamente ante ellos.

De mi despertar en la taberna, solo recuerdo ver la gran masacre en la que se había convertido la antaño apacible taberna, toda llena de cadáveres cruelmente mutilados convertidos en muchos casos en una pulpa informe de carne, sangre y vísceras. De Voytenko no hubo rastro alguno. ¿Por que fui el único en sobrevivir a aquel extraño episodio? No lo sé y se sumará a muchas de las otras incógnitas de lo ocurrido aquella noche, pero solo rezo por saber que Voytenko no tuviera discípulo alguno.